Escuchaba hace unos días una publicidad radial donde se afirmaba que una prepaga protege a sus asegurados ante situaciones de cualquier tipo. El relato del protagonista cuenta cómo conoció a la mujer de su vida, describe sus características físicas y, al final, descubre que es la novia de un jugador de rugby. Al final del relato la prepaga en cuestión asegura protección permanente. Los que padecieron daños por un accidente automovilístico saben que no es asi. Esta empresa no sale a difundir que en esos casos la cobertura va por cuenta de la aseguradora de los vehículos, protección que, en la mayoría de los casos, se esfuma en vericuetos legales y estrados judiciales. Parece que, entre las promesas y la realidad, lo que desaparece es precisamente aquello que se ofrece, porque esa es la función de la publicidad.
No pretendo discutir la cuestión de las prepagas. Simplemente quisiera que reflexionemos sobre los mensajes que nos ofrece la publicidad, en algunos casos directos y evidentes, tendenciosos y subrepticios en otros.
Asumimos que se trata de publicidad cuando reconocemos un formato específico y ocupa un espacio particular. Sin embargo, la mayoría de las veces, los mensajes se ocultan dentro de programas culturales, documentales, estrategias visuales y lingüísticas en los noticieros, logotipos, etc. Particularmente me asombra el poder de la publicidad tendenciosa inserta en los falsos informes que se envían por internet, la mayoría de las veces como correos no deseados.
En esta época de elecciones la publicidad política tampoco escapa a estas estrategias. Desde la distribución de correos electrónicos ofensivos y falsos, hasta las promesas oportunistas y la exagerada difusión de las acciones que corresponden a cada funcionario.
Hace unas semanas me entregaron la colección completa de las promesas electorales de todos los partidos políticos que participaron en las elecciones pasadas en Libertador San Martin. Les aseguro que resulta interesante realizar una lectura a la luz de la realidad actual.
Es que la publicidad no es más que comerciar el tiempo de las personas, negociando su capacidad de elegir libremente. La TV, la radio y la prensa gráfica suministran recuerdos comunes capaces de usurpar el lugar de un pasado propio. Millones de personas se alimentan de las mismas imágenes, los mismos eslóganes, la misma historia y los mismos mitos. Eduardo Galeano describió en La escuela del mundo al revés un elemento adicional de la publicidad: “La televisión ofrece el servicio completo: no solo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas sino que, además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia, que los videojuegos complementan. ¿Qué pasa con los millones y millones de niños/as latinoamericanos/as que serán jóvenes condenados a la desocupación o a los salarios de hambre? La publicidad ¿estimula la demanda o, más bien, promueve la violencia? “.
Y que sucede cuando ese “producto” es una idea política o un proyecto de gobierno. Según Guisan, “El ser humano tiene el derecho y el deber de desarrollarse moral e intelectualmente hasta convertirse en un ser en quien la felicidad y la virtud sean la misma cosa”
Edgar Morin en el capítulo Identidad nacional y ciudadanía de La tete bien faite escribió: “Uno es verdaderamente ciudadano cuando se siente solidario y responsable. Solidaridad y responsabilidad que no vendrán de exhortaciones piadosas ni discursos cívicos, sino de un sentido profundo de filiación (filius: hijo), sentimiento mini patriótico que debería cultivarse de manera concéntrica en la propia nación”.
¿Cómo se construye este ideal si no lo hacemos sobre la base de la tolerancia, la verdad y la crítica basada en la buena memoria?
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ResponderEliminarHiciste que recuerde un verso que estuve estudiando: Isaías 42.20
ResponderEliminarLa Nueva Biblia de los Hispanos (© 2005 Lockman)
"Tú has visto muchas cosas, pero no las observas. Los oídos están abiertos, pero nadie oye". (http://bibliaparalela.com/isaiah/42-20.htm)
La estrategia del enemigo no solo se basa en el engaño abierto, a veces prefiere mantenernos en la ignorancia.
Coincido contigo, Raquel, en que la ignorancia constituye el mal de nuestro siglo, paradojicamente, el "siglo de la información"
ResponderEliminarAbrazo