Un mes y medio antes de que yo naciera se inauguraba el muro de Berlín que separó por casi treinta años una nación, sus habitantes, y las ideas. Separó a la República Federal Alemana de la República Democrática Alemana (RDA) desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989.
El muro se extendía a lo largo de 45 kilómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos y 115 kilómetros que separaban a la parte occidental de la ciudad del territorio de la RDA. Fue uno de los símbolos más conocidos de la Guerra Fría. El bloque oriental dominado por los Soviéticos oficialmente sostenía que el muro fue levantado para proteger a su población de elementos fascistas que conspiraban para quebrantar "la voluntad popular" de construir un estado socialista en Alemania del Este. No obstante, en la práctica, el muro sirvió para prevenir la emigración masiva que marcó a Alemania del Este y al bloque comunista durante el período posterior a la II Guerra Mundial.
El “muro de la vergüenza” fue el modelo de estructuras de separación violenta vigentes en la actualidad como la barrera israelí de Cisjordania, el “Muro de la Tortilla” entre EEUU y México, el cerco electrificado entre Pakistán y la India, la zona desmilitarizada entre las dos Coreas o la línea verde en Chipre, entre otros.
A corto plazo, un muro cumple la función de resguardar y proteger; pero a la larga no garantiza protección efectiva. El muro mismo debe ser vigilado. De hecho, protege menos de lo que separa. Más allá de la seguridad y protección, el objetivo es la separación de los vecinos más próximos.
A lo largo de la historia aparecieron grupos de trasnochados autodidactas pretendiendo hablar en nombre de la humanidad, evitando la difusión y práctica de las ideas de libertad que constituyen la esencia del hombre. Frecuentemente justificando sus atrocidades con torcidas interpretaciones de la voluntad divina. Imponiendo sus ideas mediante el aislamiento, la discriminación y las murallas: sean estas del más duro concreto o constituidas por la persistente aniquilación de la autonomía de las personas.
Desde mi punto de vista hay muros que se construyen con palabras, con historias recurrentes y memorias intolerantes. He palpado barreras infranqueables que separan a nuestra comunidad, las cuales se remontan a un origen tan dudoso como la expresión misma de su razón de ser.
La integración de cada ser humano que conforma una sociedad se establece tendiendo puentes, nunca construyendo barreras. Dedicar unos minutos a escuchar al otro para comprender sus historias de vida, sus anhelos y frustraciones, alegrías y dolores, preocupaciones, perplejidades y esperanzas, dignifica a las personas. Enfatizando lo que nos une se afianzan los lazos de solidaridad, acrecentados por la riqueza cultural que conforman las diferencias.
Desde la ética y moral cristiana que nos convoca, propiciar alguna forma de discriminación o exclusión conforma la negación misma de la fe. Construir muros para eludir la responsabilidad de considerar las ideas de los demás, su religión, clase social o económica, afición deportiva o pensamiento político, demuestra un profundo desarraigo de aquello que nos hace humanos.
Los que construyeron el muro de Berlín para defender al bloque comunista no sospecharon que la destrucción del mismo sería el comienzo de la desintegración de la Unión Soviética, cuna y sustento de esas ideas. Algo que los forjadores de muros deberían considerar.
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