"¡Sonamos muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!" Mafalda (Quino)
En
un experimento, los científicos a cargo metieron cinco simios en una
habitación. En el centro de la misma ubicaron una escalera tipo tijera,
como la que utilizan los pintores o carpinteros de obra. En lo alto de
la misma colocaron unas bananas. Cuando uno de los monos ascendía por la
escalera para acceder a las bananas, los científicos aplicaban al resto
de monos un chorro de agua helada. Al cabo de un tiempo, los monos
relacionaron el uso de la escalera y el chorro de agua fría, de modo que
cuando uno de ellos se aventuraba a ascender en busca de una banana, el
resto de monos se lo impedían con violencia. Al final, e incluso ante
la tentación del alimento, ningún mono se atrevía a subir por la
escalera.
En ese momento, los científicos extrajeron
al azar a uno de los cinco monos iniciales y lo sustituyeron por uno
nuevo en la habitación.
El mono nuevo, naturalmente, trepó por la
escalera en busca de las bananas. En cuanto los demás observaron sus
intenciones, se abalanzaron sobre él y lo bajaron a golpes antes de que
se descargara sobre ellos el chorro de agua fría. Después de repetirse
la experiencia varias veces, el nuevo mono comprendió que era mejor
para su integridad renunciar a ascender por la escalera.
Los
investigadores sustituyeron otra vez a uno de los monos del grupo
inicial. El mono que había sido sustituido participó con especial
interés en las palizas al nuevo mono trepador.
Posteriormente
se repitió el proceso con los monos restantes, hasta que llegó un
momento en que todos los monos del experimento inicial habían sido
sustituidos.
En ese momento, quienes realizaban la
investigación se sorprendieron con los resultados. Ninguno de los monos
que había en la habitación había sido sometido alguna vez al chorro de
agua fría. Sin embargo, ninguno se atrevía a trepar para hacerse con las
codiciadas bananas.
Albert Einstein dijo que nuestra
época es triste porque es más fácil desintegrar un átomo que un
prejuicio. Pienso que, probablemente, la misma dificultad es la que
presenta el cambio de una tradición.
Muchas de
nuestras acciones son regidas por la costumbre, algunas con sustento
racional, otras simplemente porque no se nos ocurre alguna manera
diferente, al punto de no pensar en alternativas más eficientes o
gratificantes. Ocurre en muchos lugares. Hay sitios donde se percibe una
especie de apoltronamiento confortable a las formas. Cuando todo
intento de cambio genera oposición debemos preguntarnos si el rechazo
responde a la defensa de tradiciones heredadas, por la comodidad de la
pereza o para beneficio de unos pocos que se autodenominan protectores
de las tradiciones.
Muchos paradigmas se sostienen
sobre el principio del experimento de los monos, es decir, la fuerza de
la costumbre. Solemos repetir argumentos para defender una u otra
postura sin analizar por qué lo hacemos. Quienes procuran innovar son
considerados subversivos y tildados de inexpertos. Es sorprendente
corroborar que hay quienes defienden los paradigmas más allá de las
personas.
En el experimento de los monos y las bananas,
si se hubiera podido preguntar a los primates del grupo final por qué
no subían para alcanzar el alimento, probablemente habrían respondido:
“No lo sabemos, pero esto siempre ha sido así”.
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