Me encanta ver como florecen los lapachos. Despues de desnudar sus ramas durante el invierno, explotan en una sinfonía de rosados pétalos.
De pronto me dí cuenta de la metáfora política: la participación y la diversidad política pugna por florecer. Los capullos de proyectos e intenciones de gobierno se marcan en las ramas.

Sin embargo me pregunto: ¿Porqué el gobierno local postergó tanto el inicio de obras necesarias y urgentes? ¿Porqué la soberbia nos lleva a pensar que somos el ombligo del mundo a la espera que las autoridades provinciales o nacionales vengan por una convocatoria impersonal? Desde una anémica gestión se pretende que la provincia haga lo que nos parece, sin que estemos dispuestos a golpear las puertas, a insistir con las demandas y reclamar los derechos de todos y todas.
¿Estamos tan convencidos de la equidad que nos mostramos dispuestos a esforzarnos para dedender los derechos, aunque sean los derechos ajenos? ¿Puede nuestra soberbia y miopía distinguir a los vecinos entre los "propios y los de afuera"? Una gestión a favor del pueblo implica un alto grado de exposición
personal y una mirada universal. Los proyectos posibles son aquellos que
no discriminan meritos.
Es que ante semejante visión, probablemente nos quedemos esperando sentados, viendo pasar el futuro y las oportunidades, culpando a los demás de nuestra pobre gestión o, pero aún amenazando con días tristes.
No importa donde estemos plantados, la primavera es universal y nos recuerda el derecho y el deber de florecer, sin distinción de edad, sexo, credo o pensamiento.
Desde lo político anhelo concretar una continua primavera, es decir, que broten las ideas, que fructifiquen los derechos, que se concreten los sueños, que se asegure la equidad y la solidaridad.
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