11.6.11

Pasado mañana


El director Donald Hemmerich dirigió una película donde mostraba las trágicas consecuencias del calentamiento global. Tal vez por eso la expresión “el día después de mañana” adquiere una connotación nefasta, un grado de expectación simbólica apremiante.  

Dale Carnegie nos recuerda que hoy es el día de mañana que tanto nos preocupaba ayer. El inexorable paso del tiempo nos ubica en el presente de un día que ayer era futuro. Así como el amanecer disipa la oscuridad, el tiempo suele mostrar la verdad. Nada más oportuno, en esta época de ejercicios democráticos, que esperar para saber qué pasa. Es que la imprecisión anima a hacer augurios y toda suerte de predicciones, con cierta intencionalidad proselitista, nunca inocente.

Tengo plena conciencia del deterioro climático resultado de la acción deliberada del hombre. También percibo que el deterioro no es solo ambiental.  En la última graduación de la UAP la relación entre médicos y docentes egresados era de 3,64 a uno, es decir que se recibieron más de tres médicos por cada docente de nivel inicial, primer y segundo ciclo en conjunto. No quiero sumarme a los agoreros y predecir un futuro incierto para la infancia. Sin embargo puedo recurrir a las proyecciones estadísticas y deducir que los resultados no son optimistas, La situación educativa en la región es preocupante. Los indicadores muestran tendencias negativas a sabiendas que la educación establece la base de las sociedades equitativas, tolerantes y progresistas. Impacta en la salud, la economía, la estabilidad democrática y los objetivos que determinan las políticas públicas.

El Informe sobre Tendencias Sociales y Educativas en América Latina 2010 del Sistema de Tendencias Educativas de América Latina (SITEAL) concluye que “el panorama de desigualdad ante la calidad de las prácticas educativas se completa cuando se revisan los magros rendimientos de aprendizaje que alcanzan los estudiantes de la región. Al hacer foco sobre las inquietudes pedagógicas, intentando responder a la pregunta sobre qué aprenden nuestros alumnos en la escuela, los resultados muestran un panorama preocupante, al advertirnos que no más del 20% de ellos alcanza niveles de desempeño considerados suficientes en las evaluaciones del nivel primario, mientras, en el nivel secundario, la situación muestra ribetes todavía más severos. Durante la última década, los avances hacia la universalización del acceso al conocimiento han sido muy inferiores a los de la década anterior –en muchos casos, incluso han sido nulos– y esto ocurre mientras muchos niños, niñas y adolescentes todavía permanecen excluidos de los sistemas educativos.”

Según SITEAL los indicadores educativos de Argentina están por debajo de Chile, Cuba, Uruguay y Puerto Rico. En 2007, el gasto público argentino en educación por habitante fue de 511 dólares (5,5% del PBI). Llamativamente Chile invirtió en 2008 para la educación de cada habitante 255 dólares (4,1% del PBI), guarismos que demuestran que, en materia de educación, no todo pasa por las inversiones.

Cuando analizo la escasa  formación de docentes en relación a otras profesiones creo entender algunas de las causas de esta proporción. Es innegable la responsabilidad del estado y la mirada esquiva de una sociedad  que tiene trastornadas las prioridades. Preocupa ver un modelo educativo que se despoja de valores para adecuarse a los tiempos y modas. Pero alarma que la educación deje de ser un valor. 

¿Cuánto realmente nos importa la infancia como heredera de nuestro legado si no reaccionamos ante las proporciones que auguran un futuro trágico?

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