El primero de octubre se celebra,
entre otras cosas, el día mundial del vegetarianismo recordando una dieta que
trascendió el alimento y se constituyó en un estilo de vida.
Mientras buscaba información al
respecto apareció un escrito atribuido a Andrew Oitke preguntándose cómo puede
ser que “cualquier padre responsable sabe que sus hijos se enfermarían si
comieran solamente dulces y chocolates” y no entiende que ese mismo padre no
haga nada por evitar esta nueva anomalía digestiva, referida a la basura que
millones de consumidores incorporan a través de las tecnologías de la
información y comunicación.
Según este autor, el alimento
cotidiano pareciera constituirse casi exclusivamente de cadáveres de
reputaciones, de detritos, de escándalos, de los restos mortales de las
realizaciones humanas. Los medios, el periodismo en especial -dice- “dejó hace
mucho de informar, para sólo seducir, agredir y manipular”. Nada más evidente
ante la escandalosa puesta en escena del grotesco, los antivalores y la
desinformación deliberada que producen una mezcla de desilusión y repugnancia.
La desilusión surge de ver que
una herramienta tan valiosa termine al servicio de la estupidez con fines
netamente comerciales. Usurpar la mente y lucrar con el tiempo en que se la
tiene embrutecida. Esta deplorable
situación de puro y descarnado “materialismo” a la que hemos llegado, coincide
con la certera definición de Augusto Comte: “la doctrina que explica lo
superior por lo inferior”. Esto no es otra cosa más que la decadencia, lo que
Luis Felipe Noé denomina “la institucionalización del desparpajo”, la
entronización de la grosería.
La repugnancia se genera desde el
sentido común. Pero no solo por las imágenes, sino por la perversión y la subversión
de la realidad que es sustituida por imágenes que parecen comunes a todos,
populares, ofrecidas a manera de certezas que se consumen sin sentido crítico,
ni valoración. A tal punto que los noticieros las consideran noticia.
Luis Illuminati escribió al
respecto que los medios transmiten un mensaje de liviandad: “tomarle el pelo a
todo el mundo, a reírse de todo, hasta de lo más sagrado que puede haber en la
vida. Pero lo que más daño hace a las mentes de los argentinos es que han
instalado el conflicto, el enfrentamiento, la deslealtad, la burla sangrienta,
la vanidad y la autoexaltación.” Continúa escribiendo: “Este circo está
totalmente armado de antemano. Para lograr fama y rating, todos estos
charlatanes de feria, deformadores, pervertidos y desorientados, inventan líos
entre ellos para que el confundido televidente se lo trague y engulla toda esta
porquería que es el alimento deletéreo que ha producido esta “obesidad mental”
en detrimento del buen gusto, las buenas costumbres, del sentimiento del deber,
en una palabra en detrimento del alma que aspira y tiende siempre a lo
superior, nunca a lo inferior, a lo abyecto que muestra la televisión
argentina.”
Esta confusión se genera con
sentido político. Echar a rodar la mentira y luego pedir disculpas no evita el
daño.
Creo que hoy, en tiempos en que
las ideas parecen venir enlatadas, debemos ser muy cuidadosos ante las opciones
de nuestra dieta mental, de la calidad de los alimentos del menú intelectual
que, en forma de imágenes o palabras, formarán parte constitutiva de nuestro
pensamiento y actitudes.
El hombre moderno está adiposo en
el raciocinio, gustos y sentimientos y precisa sobre todo de dieta saludable
que fortalezca los valores, y del
ejercicio del pensamiento crítico fundamentado en información veraz.
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