“Pero sus estridentes ladridos / sólo son señal de que cabalgamos” Goethe en Labrador (1808)
Israel Cohen, en su obra Ze leumat ze ("Uno frente al otro") publicada en 1954, nos recuerda: "Un mismo Dios nos creó y nos infundió su sabiduría. La naturaleza humana es una e idéntica. Orientales y occidentales, hombres de color o de piel blanca, todos son esencialmente iguales. El amor, el hambre y el temor ante la existencia son los primeros motores de todos los seres hechos a imagen y semejanza del Creador. Sin duda, el entorno civilizado o salvaje agregan un carácter específico a estos factores, pero ninguna civilización puede extirpar ni siquiera atenuar las pulsiones primordiales del ser humano. “
Así el ambiente nos marca, modificando nuestras expresiones culturales. Música, poesía, pintura, escultura, danza, arquitectura y otras formas artísticas reciben el toque que hace tan características estas manifestaciones, al punto de permitirnos identificar el origen geográfico con una observación superficial.
A medida que el hombre se fue alejando de la naturaleza, asilándose en ciudades o amontonándose en los pocos metros disponibles, fue ahogando sus sentimientos y manifestaciones espontaneas. Este hacinamiento lo alejó de lo vernáculo, mimetizándolo, masificándolo y haciéndolo vulnerable a los estereotipos que imponen los medios. Evitar esta alienación implica un ejercicio que excede lo espiritual, incluyendo “la toma de conciencia del propio cuerpo, de sus posibilidades expresivas, del uso del espacio y del sentido del tiempo; además de la relación con el otro y de su ubicación en una circunstancia particular y distinta con hondas raíces telúricas” (Hidalgo, 2008).
En esencia y derechos somos iguales; felizmente diferentes en nuestras expresiones. La impronta ambiental nos legó el folclore en todas sus formas. Declaramos en canciones el amor, la armonía del paisaje o las alegrías de la vida. El ritmo concibió la danza adornada por sus atavíos y malabarismos virtuosos, creando imágenes o contando historias.
Cuando un pueblo mantiene sus raíces culturales y folclóricas, perpetúa su identidad, se vuelve más responsable con el cuidado del paisaje y se protege de la alienación mediática que intenta imponer un modelo foráneo, generalmente con fines comerciales.
Me llenó de satisfacción ver que, en estos últimos días, los representantes del gobierno local dieron señales de entender este hecho. Hasta hace poco tiempo el grupo de danzas “Raíces de mi estación” de Puiggari era violentamente discriminado por quienes consideran su propia opinión como la verdad rectora de los deseos populares. Prepotencia e inequidad que se manifiesta en la gestión de la calidad de vida, la responsabilidad social, los contratos laborales y la distribución de los recursos. Quienes levantamos nuestra voz para señalar estos excesos fuimos criticados y amenazados. Afortunadamente el apoyo incondicional del director de Zoom permitió la difusión de una posición en defensa del derecho inalienable a la libertad de expresión y la protección de la infancia.
En un año de elecciones las autoridades cambiaron su discurso y posición, organizando un festival con danza, música y otras expresiones folclóricas. Es que la cultura, en cualquiera de sus formas, nos enriquece, nos une y compromete a construir una sociedad respetuosa de las opiniones y manifestaciones del otro. Esta es la base que nutre la democracia y forja pueblos virtuosos.
Por eso, cuando al defender tus derechos escuches algunos ladridos, es probable que sea porque estás avanzando, marcha que busca el cambio necesario y urgente.
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